Capítulo 2: Enemigos invisibles

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“Era como si de repente me golpease un secador de pelo gigante…” 

Dominique Lapierre, La ciudad de la Alegría

Creo que en el momento en el que empecé a escribir este blog no era del todo consciente de la magnitud del reto que supondría el intentar expresar, enseñar o describir con palabras la mayoría de las sensaciones que se me cruzan a cada instante. Todo es nuevo, diferente… hasta literalmente el aire que respiro es una experiencia nueva.

El viaje a la India fue perfecto. Cero contratiempos, y se me hizo muy corto. Fue tan solo en el momento de aterrizar en Bangalore cuando, a pesar de todo, ese nudo en el estómago que había permanecido ausente durante todo el viaje volvió a hacerse presente. A diferencia de un aterrizaje nocturno en Madrid, o me imagino que en cualquier otra capital de un país de occidente, aterrizar de noche en la India era como descender hacia una oscuridad súper densa con zonas de luz intermitentes. Fue en ese momento en el que creo que por primera vez me di cuenta de que lo que estaba pasando era cierto: estaba sola en la otra punta del mundo. Inevitablemente aparecieron en mi mente, como si del trailer de una película se tratase, imágenes de mi primer viaje, hace tres años. Me envolvió una extraña mezcla de nervios y melancolía. Entonces nunca me había sentido sola..

A la salida del aeropuerto me esperaba un indio con un cartel con mi nombre. “¡Hola!” me acerqué, y le estreché fuertemente la mano para demostrarle mi agradecimiento. Era para estar agradecida, ya que daban las 2:00 de la madrugada y ese hombre habría de hacer en total seis horas de viaje para ir a buscarme y traerme. Un momento, “¿Hablas español? No? English..?”. Hasta entonces no me había parado a pensar en la posibilidad de que no habría forma alguna de comunicarme con el que iba a ser mi único acompañante durante las tres horas de viaje a Anantapur. Fueron, por tanto, tres horas de un silencio incómodo y cansado que tratábamos de consolar al ritmo de un cd de música india y el constante bocinazo del cláxon. No es que el hombre tuviera prisa por llegar, ni que estuviera enfadado. En India uno pita a otros conductores para comunicar su presencia, y de esa forma ayuda a otros a saber qué movimientos hacer a su paso. Eso es lo que usan ellos en lugar de nuestros silenciosos intermitentes…

El caso es que, aparte de la visión nocturna del camino, alguna cabezadita que me daba a cada rato, y algunas paradas para que mi conductor se echase agua encima para no quedarse dormido al volante… aquellas tres horas fueron más bien poco interactivas. Y yo me tragué muchas cosas que expresar, y muchas preguntas que hacer..

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No fue hasta que llegamos a RDT que tuve que enfrentarme a lo que para mi sería (y sigue siendo) la parte más difícil de mi adaptación, una realidad para la que no estaba en absoluto preparada ni mentalizada. Y es que me habían obsesionado tanto con el tema de las vacunas, de las diarreas, de los mosquitos… que por primera vez identificaba realmente el que sería mi principal y mayor enemigo invisible:

El calor.

Bajé del coche y sentí que en el exterior me recibía un secador de pelo gigante que me apuntaba sin misericordia. QUÉ?? ¿Cómo puede hacer tanto calor? No es posible… De pronto todo me parecía demasiado incómodo. Estaba oscuro, no sabía donde estaba y me moría de calor, y encima estaba literalmente muerta de cansancio, ya que habíamos llegado a las 5:00 de la madrugada. Incapaz de comunicarme con el indio que tan amablemente me había ayudado a descargar mis maletas, me despedí con un gesto y entré en el lugar donde se suponía que pasaría la noche. Y entonces me dio la bienvenida una desagradable sorpresa: ¡¡dentro hacía muchísimo más calor todavía!! Agobiada, empecé a tantear las paredes de aquella sauna buscando el interruptor de la luz, ya que me encontraba totalmente a oscuras, y en cada movimiento que hacía sentía cómo mi ropa se iba empapando por el sudor. Cuando por fin conseguí encender la luz, vi por primera vez la habitación que se acababa de convertir en la experiencia más cercana al infierno que había experimentado. Literalmente, no podía respirar. Me quité la ropa rapidísimo y me dirigí al baño. Espera un momento…¡los mosquitos! Me puse la ropa otra vez, y me encontré con un dilema: me moría de calor, pero me aterraba la idea de que me picasen los mosquitos, por lo que en mi mente había planeado dormir en pantalón y manga larga… hasta ese momento. No sabía si era un miedo muy racional, ya que veía mosquiteras en la puerta y en las ventanas, pero aún así..¿Me quería arriesgar? ¿Debería abrir las ventanas? Dado que eran las cinco de la madrugada, salir a dar una vuelta por un recinto que me era totalmente desconocido para buscar a alguien con el que probablemente no podría comunicarme para que me ayudara a tomar decisiones tan simples.. No, no era una opción. Finalmente, opté por ducharme (o echarme encima un cubo lleno de agua que había en el baño, ya que al parecer tampoco sabía cómo funcionaba la ducha), desvestirme y embadurnarme del Relec anti-mosquitos que me había comprado en la farmacia el día antes de viajar. Y ahora, ¿se supone que tengo que intentar dormir? ¿De verdad la gente duerme, con este calor? Sentía que me asfixiaba y que no podría respirar ese aire ni cinco minutos más. Notaba como, aún inmóvil, mi cuerpo seguía perdiendo agua a contrarreloj, por el sudor. Y entonces me di cuenta de otro pequeño pero no menos aterrador detalle…

No tenía agua.

Abrí mi equipaje y me encontré con una botella de plástico llena de agua de Madrid que en un momento de lucidez haciendo la maleta había decidido meter “por si las moscas”.  No era mucha, y a esas alturas ya estaba caliente. De pocas cosas me habían advertido tanto como de NO BEBER AGUA DEL GRIFO. Ni si quiera podía usarla para lavarme los dientes, error que cometí en mi primer paseo por la India y que me costó unos episodios de diarrea interesantes los últimos días. Genial, ¿y ahora qué? Sentí que me iba a morir deshidratada, y sinceramente, me hubiera echado a llorar ahí mismo si no fuera porque racionalmente decidí que perder más agua no iba a ser la mejor de las opciones. Me tumbé en la cama, boca arriba, desesperadamente agobiada. Miré la hora. Faltaban dos horas y media para el desayuno… entonces abrirían aquello que llamaban “la cantina”, podría buscarla y comprar agua allí, y todo sería maravilloso, y amaría ese lugar. ¿Lo amaré, verdad? Esto es estar feliz, esto es estar feliz… Pero hasta entonces…

Hasta entonces, no tuve más remedio que dar vueltas en la cama, sudando, obsesionada por si veía un mosquito, y con un sueño y un cansancio horrorosos. Me dormía, y a los diez minutos, me despertaba sudando y soñando que bebía litros de agua que no me saciaban. Fueron dos horas duras, una mala experiencia que me hizo preguntarme varias veces qué estaba haciendo allí realmente. ¿A quién quiero impresionar? Soy boba, acabo de llegar y ya estoy lloriqueando como una estúpida… Qué hago aquí en el culo del mundo. Positivismo total.

Unas horas después, sin embargo, todo cambió cuando me decidí a salir en busca de la famosa cantina. Una vez allí me bebí un litro de agua de golpe y desayuné fruta y tostadas. Pude incluso, a pesar de mi estado zombie, entablar una conversación medio normal con una chica que resultó ser la profesora de inglés a la que voy a sustituir. Le conté (obviamente sin los detalles respectivos a mi dramática casi-muerte por deshidratación), que no había podido dormir hasta entonces debido al calor, y entonces fue cuando ella me dio una de cal y otra de arena: “¡Pues donde estás ahora son las habitaciones de los visitantes, son las más fresquitas!”, me dice la tía, y añade que a partir de la semana siguiente me cambiarían a unos barracones que les llaman “Mordor”, que a día de hoy todavía creo que no estoy preparada para preguntarle por qué los llaman así… Por otro lado, me acompañó a mi habitación, que una vez de día y habiendo bebido agua, de pronto parecía un lugar de lo más inofensivo y acogedor. Me enseñó a encender un ventilador del techo que había visto, pero que había sido incapaz de hacer funcionar por la noche, me tranquilizó respecto a los mosquitos y me dio un par de trucos para sobrevivir a una noche de 45 grados. Eso, y me dio la mejor noticia del mundo: parece que habían habilitado una habitación comunitaria con algunas camas para los voluntarios, que tiene nada más y nada menos que… ¡aire acondicionado de verdad!

A partir de ese momento, todo fue cuesta arriba. Después de dormir unas horas, y pensando las cosas en frío (bueno, más bien en templado), pensé que mi enemigo invisible aquella noche no había sido solo el calor, si no los miedos y los nervios estúpidos de siempre, el estrés de lo desconocido y el choque del primer momento… Lo cierto es que más entrado el día, y después de dar algunas vueltas por la Fundación, ya me sentía como en casa. La mayoría de la gente habla español, algunos inglés, e incluso acabé chapurreando algunas palabras en telugu para hablar con algunos indios. De verdad, que a pesar de que la primera impresión fue difícil, me encanta este lugar, así que en mi próxima entrada te prometo ser muchísimo más optimista y contarte cosas bonitas. De momento quiero terminar esta entrada diciendo que estoy bien, y que estoy contenta de estar aquí. Aún me tengo que adaptar en ciertas cosas, y sé que la lucha contra el calor va a ser parte de la aventura (¡deseadme suerte esta noche!). Pero no sé, es como si me acompañase una convicción ciertísima de que estoy viviendo exactamente en el lugar y en el momento en el que tengo que estar.

Y esa convicción, no sé. Es como refrescante

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Foto de la que, de momento y hasta que me cambien a “Mordor”, será mi habitación.

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