El hombre del paraguas negro

Antes de contar más cosas sobre mi día a día aquí en la Fundación, y aprovechando que hasta la semana que viene no empiezo a currar oficialmente y tengo bastante más tiempo libre del que tendré, me gustaría hacer una cosa que quería hacer desde que me decidí a crear este blog, y es dedicar una entrada a explicar con mis palabras quién fue Vicente Ferrer. Quizá decidas dejar de leer aquí mismo pensando que vaya rollazo y que no te apetece leer un texto a modo  “Consupedia”… Lo entenderé. Pero si quiero contarte esto es porque creo que al hablarte un poco sobre Vicente Ferrer, no tanto en detalles biográficos, si no más bien desde el punto de vista de su trayectoria espiritual,  a lo mejor puedo captar mejor la esencia de aquella inquietud que inspiró directamente mi  viaje. Generalmente cuando la gente hace un voluntariado de este tipo, primero busca una organización cuyas condiciones de colaboración se  ajusten a sus intereses y luego, una vez que la han encontrado, investigan un poco sobre sus orígenes y  su visión. Bueno, en mi caso fue al revés. Yo fui inspirada por la vida, historia y trabajo de Vicente Ferrer a través de un libro, y eso me hizo encontrarme con la Fundación, cuyas condiciones de participación (¿casualmente?) coincidían con algo en lo que yo podía involucrarme en este momento de mi vida.

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Se podría considerar que Vicente Ferrer era un hombre profundamente espiritual, con una vocación religiosa que fue experimentando cierta metamorfosis a lo largo de su vida. Durante su infancia, un profesor de música le puso como solista en un grupo coral de una catedral, experiencia que le expone por primera vez a la Iglesia y que siembra en él un fervor religioso, una pasión por aquello que él expresaba como “La Providencia”. Sin embargo, ya de pequeño se enfrentó a su primera crisis espiritual tras la lectura de un libro escrito por un autor considerado ateo, “La historia del bien y del mal”, lectura que hace que su fe,  “lo que un día sería el ancla más poderosa de su vida” , naufrague Para el chiquillo suponía la demostración de que Dios no existía.

Sin embargo, años más tarde, tras la dolorosa experiencia de la guerra civil española en la que participó activamente con el bando comunista (Batalla del Ebro, 1938),  se encontró a sí mismo de nuevo buscándole sentido a la vida, a su vida. Una noche, mirando al cielo, se fijó en una luz minúscula en medio de un cielo totalmente negro. De alguna forma, aquella imagen le habló, y supo que tenía que tomar una decisión: la luz o la oscuridad. Creer o no creer, entendiendo que lo que decidiera traería importantes implicaciones a lo largo de su vida…

El resultado práctico fue que se me quedó para siempre la convicción inconmovible de que “Dios es”. Las alforjas empezaban a llenarse para un largo camino…

En ese momento optó por transitar el camino de la fe, y se propuso dedicar su vida a Dios en el monasterio de una orden jesuita. Después de vivir por un tiempo en un ambiente de austeridad, ayuno, oración, voto de silencio, penitencias e incluso flagelaciones,  Vicente se dio cuenta de que “no era un hombre de oración, si no de acción”. Quiso servir a Dios en las misiones, deseo que terminó llevándole a la India como misionero de la orden jesuita a la que pertenecía. Allí, lo que vio trastocó en gran manera la idea con la que iba a servir, así como las formas de hacerlo…

La visión de esta vasta, infinita muchedumbre que lo lleva todo, es un reto casi insuperable para nuestra teología…

Desafiando los límites de “protocolo” que la orden jesuita, así como el gobierno indio le imponían, Vicente comenzó a ayudar a los pobres “intocables” organizándoles en comunidades, dándoles trabajo, ayudándoles a cavar sus propios pozos de agua y, en líneas generales, a hacerles dueños de su propio destino. Esto derivó en una revolución silenciosa en la que las personas de las castas más bajas empezaron a movilizarse por sus derechos, haciendo que Vicente se ganara la enemistad de las autoridades indias, que temían por sus propios intereses. Mientras la misión jesuita le interrogaba sobre dónde estaban los convertidos al cristianismo, Vicente contestaba que, para él, “Dios estaba ausente en la forma de pan en la mesa del hombre”. Estas distintas presiones llegaron hasta el punto en el que Vicente se vio obligado a abandonar la India en un momento determinado.

Afortunadamente, aquella revolución que había empezado elevó su voz a través de diversas manifestaciones que agitaron todo el país. Los indios querían al “Padre Ferrer” con ellos. Finalmente, la mismísima Indira Gandhi le garantizó el permiso para volver a la India, y comenzar así su trabajo con la Fundación RDT (siglas de Rural Development Trust) en el distrito de Anantapur, una de las zonas más desérticas y castigadas del sur del país. Desde entonces hasta el día de su muerte, hace tan solo siete años, Vicente trabajó fielmente para erradicar la pobreza extrema en la India, y su trabajo ha impactado y cambiado la vida a miles de personas.

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Manifestación en Bombay a favor de la estadía de Vicente Ferrer en la India.

Personalmente, la vida de este hombre, así como su filosofía de vida y su trabajo me ha resultado de gran inspiración. A pesar de todo, no me considero una discípula, y es que aquí los indios han tardado muy poco en hacer imágenes de él y convertirlo en una divinidad (lo que me hace preguntarme qué pensaría Vicente si levantase cabeza..). Sin embargo, creo que hay mucho bueno que exprimir de la historia de este hombre, y llevado a lo personal, creo que es una historia que cayó en mis manos en un momento en el que mi propia trayectoria espiritual estaba en plena “revisión de equipaje”. Equipaje en el que he metido tantísimas cosas a lo largo de mi vida que a veces siento que va con sobrepeso. Y es que al final, aunque estar preparado es importante, lo que realmente importa es decidirse a emprender el viaje…

Sentí que, al descargarme de todo el bagaje teórico-espiritual, la iluminación va creciendo, y me queda un espacio solo para Dios. Así lo veo, descargado de todos los artificios con que lo hemos adornado…

Bueno, quizá en el futuro dedique más tiempo a la aclaración de metáforas espirituales. De momento te dejo con una película española protagonizada por Imanol Arias que relata una parte de la vida de Vicente (pincha en la imagen de abajo para verla). Aún así, si te interesa conocer más sobre su historia, te recomiendo la lectura de Alberto Oliveras, “La revolución silenciosa”, de la que te hablé en la primera entrada y de la que he sacado todas las citas que he utilizado en esta entrada.

Namasté!

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Ver película

 

 

 

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