Capítulo 3: Primera semana

Hoy hace una semana que llegué, y me parece increíble que tan solo haya pasado eso, una semana. Los primeros días en Anantapur han sido tan intensos que me da la impresión de que estos siete días hubieran contenido la mitad de mi vida. Estoy inmersa en un mundo que me enseña cada día cosas nuevas, es un proceso de aprendizaje non- stop a través de palabras, gestos, miradas, expresiones, estética, olores, comidas, colores, animales… Cada instante de la vida aquí parece tener su momento, su lugar y su forma de trascender en mi mente y en mi esquema intelectual de cómo son o cómo deberían ser las cosas.

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Estos días me he dedicado principalmente a adaptar y procesar información de lo que va a ser mi día a día en la India. He conocido a los demás voluntarios (la mayoría de ellos españoles), a los cooperantes y trabajadores (la mayoría de ellos indios), he visitado en varias ocasiones el centro de la ciudad y me han contado los secretos básicos de la vida en este lugar, como cuáles son los mejores sitios para hacer compras (hay un lugar que le han bautizado como “El Apañao“, que es un pequeño negocio donde se encuentra de todo), cómo dar direcciones básicas a los conductores de rickshaw para no acabar en la otra punta de Anantapur, cómo regatear, dónde hacerte un sari a medida, dónde comprar cerveza y cocos…

Sobre todo, estos días los he dedicado a conocer más a fondo la Fundación, he tenido la oportunidad de  visitar algunos de los distintos proyectos que lleva a cabo, y lo cierto es que no me alcanzaría el blog para describirlos. He visitado el hospital, el proyecto de ecología, un colegio de niños con parálisis cerebral, un proyecto de empoderamiento de la mujer, un taller de material ortopédico para personas con problemas de movilidad, un programa de intercambio de proyectos de colegios de Anantapur con colegios españoles, un orfanato… La mayoría están bastante bien resumidos en la página web de la Fundación, por lo que les puedes echar un vistazo si quieres saber más.

 

Sin embargo, no he venido aquí como visitante. Me gustaría dedicar esta entrada para hablaros del proyecto en el que voy a participar, y con ello, por fin, explicar un poco qué es exactamente lo que he venido a hacer aquí aparte de bloguear

Hace tan solo cuatro años la Fundación empezó un nuevo proyecto, la Escuela Profesional de Idiomas, con el objetivo de facilitar la inserción laboral a personas que, por unas razones u otras (discriminación por casta, por género, por enfermedad, etc), no lo tienen tan fácil para encontrar un trabajo. La Fundación ofrece becas a algunas de estas personas para que puedan estudiar Inglés, Alemán, Francés, Español… y a su vez, les ofrece cierta formación para incorporarse al mundo laboral (cómo enfrentar una entrevista de trabajo, vocabulario básico para los negocios, etc).  Ahí es donde entramos nosotros, los voluntarios, como profesores de idiomas. Yo estaré enseñando nivel básico (B1) de inglés a chicas de veinte a treinta años, la mayoría afectadas por la polio y con movilidad más o menos limitada.

Lo cierto es que, cuando me enteré de que me habían seleccionado para trabajar en este proyecto, al principio me sentí un poco intimidada. Como yo he estudiado Educación Primaria, pensaba que directamente me colocarían para trabajar con chiquitines, y al enterarme de que mis alumnas tenían mi edad, e incluso muchas eran mayores que yo… No sé, me entró cierta inseguridad, no estaba segura de si iba a dar la talla. Además, todo hay que decirlo. Yo me gradué el año pasado, así que este voluntariado constituiría en realidad mi primera experiencia profesional (como primera experiencia es un poco extraña, ¿verdad?), así que técnicamente no tengo experiencia enseñando inglés…y mucho menos a adultos. La verdad era que no estaba segura de si cumpliría con las expectativas que se tendrían sobre mi.

Sin embargo, mi primer contacto con las chicas hizo que esta inseguridad se evaporase, no por el calor físico propio de este lugar, si no por  la calidez con la que me recibieron las niñas. Y sí, es que son como niñas. Las indias no tienen nada que ver con nosotras, y por su cultura, forma de vida, mentalidad… son mayores pero son pequeñas. No me gusta decir que son infantiles… aunque bueno, la verdad es que lo son, para qué vamos a engañarnos. Pero tienen esa inocencia, esa transparencia propia de los niños, esa ternura…  El día que las conocí me rodearon para hacerme miles de preguntas (la más importante: ¿estás casada? ¿por qué no estás casada?), todas querían hablar conmigo, enseñarme algo. Una de ellas, Rahma, una chica de veinticuatro años, me agarró de la mano entrelazando sus dedos con los míos como si fuéramos súper íntimas, y me llevó así a todos los sitios que quería enseñarme. Me tratan como a una reina, preocupándose todo el rato de que haya un sitio libre en el que yo pueda sentarme, levantándose ellas si es necesario. No hay tabús, miedos, complejos o rivalidad en sus miradas. Tan solo ellas mismas, sensibles, vulnerables, dispuestas a ofrecerte su cariño y admiración sin ninguna privación. Son muy preciosas…

 

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Estoy segura de que podré llenar muchas entradas con historias de las niñas. De momento solo he tenido la oportunidad de verlas en clase un par de veces, celebrar algún cumpleaños e ir con ellas al cine. Eso sí, la experiencia del cine fue la leche. Para empezar, fuimos a ver la típica pastelada de Bollywood, tres horas de película con muertes trágicas, historias de amor estúpidas y coreografías cada cinco minutos. Rahma, encima, decidió que me iría traduciendo toda la peli, palabra por palabrea del telugu  a su inglés, tres horas…Lo mejor de todo fue que los indios van al cine como los españoles van a ver el fútbol: ¡gritos, silbidos y aplausos a la pantalla cada cinco minutos! Desde luego, no fue como ir al cine para relajarme…

Otra de mis tareas consistirá en dar clases a tres entrenadores de tenis del proyecto de tenis de la Fundación que patrocina Rafa Nadal. Chicos muy majos, pero otra vez, edades muy dispersas, niveles muy distintos, y eso que solo son tres. Y, ay… sus nombres son rarísimos, no sé cuándo llegará el día en que me los aprenda…

Por último, también voy a estar dando clase dos veces a la semana a los trabajadores indios de la Fundación. Ellos se dedican a presentar los proyectos a los visitantes, traducen las cartas de los niños apadrinados a los padrinos… todo partiendo, claro, del telugu, el idioma oficial en Anantapur. Esto también constituye un reto nuevo para mi, porque es muy distinto enseñar inglés a un hispanohablante que enseñarle inglés a un teluguhablante. Pero bueno, una cosa positiva es que la motivación con la que vienen a aprender inglés es MUY alta. Para ellos poder recibir clases de inglés es como un regalo, les emociona y les divierte. Y eso, personalmente, también me motiva mogollón.

Bueno, como ves no puedo quejarme de poco trabajo. María, la profe a la que voy a sustituir se marcha este domingo, así que a partir del lunes me deja sola con todo el marrón…o todos los marrones (patapán tssss! jdsksjdkmskdskjk).

¡Deseadme suerte! Namasté!

 

 

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Marcela Hernandez dice:

    Te felicito desde el corazón,creo que esta experiencia te ha de marcar toda tu vida,poder comprender en la suerte que has tenido de tener una vida feliz y una familia maravillosa.Intenta vivirla y dar lo más que puedas.un abrazo y beso .

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    1. konsufdezag dice:

      Hola Marcela! Muchas gracias por tu comentario. Efectivamente y como dices, soy consciente de la gracia que Dios ha tenido conmigo, y agradezco cada día el apoyo de mi familia y todo lo que está suponiendo esta maravillosa experiencia. ¡Muchas gracias por leerme! Un abrazo!

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