Los colores del alma: crisis y otras historias

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“Aquí no puedes esconder nada. Ni si quiera el color de tu alma…” 

Dominique Lapierre

Creo que el adjetivo que mejor define mi experiencia hasta ahora es, sin lugar a dudas, intensa. Sé que es un término un poco general, pero si has estado leyendo mis entradas hasta ahora, supongo que ya te harás una idea de que todo aquí se vive de forma muy distinta, y a veces eso me hace acabar agotada. Siento que cada día exige de mi una forma nueva de adaptación, una lección aprendida, un cambio de paradigma. Si ya me resulta difícil tratar de describir con palabras la intensidad física con la que me enfrento cada día en las cosas visibles, como la calle, los animales, las personas, la preparación de las clases…¡Cuánto más difícil es entrar en el terreno de lo invisible! De lo emocional, de lo espiritual, de lo que se me pasa por la cabeza cada minuto después de una conversación, una lectura de algo, una imagen que me impacta…

Sin duda una de las cosas que me resultan más intensas del día a día aquí es estar constantemente rodeada de personas con las que, por el simple hecho de estar aquí y estar viviendo esta experiencia contigo, ya conectas con ellas a un nivel diferente al que puedes conectar con tu familia y amigos de España. Entre la convivencia con los otros voluntarios y las constantes idas y venidas de visitantes, cada día compartes vivencias y experiencias, conoces y das a conocer parte de tu vida, escuchas mil opiniones distintas de cualquier tema, escuchas nuevas historias…

Es curioso, pero hasta ahora me da la sensación de que, aunque todos los que estamos aquí hemos llegado a través de situaciones muy distintas, la mayoría de nuestras historias tienen un “tono” parecido. La primera semana una chica me contó que, tras sufrir un problema de salud, había decidido viajar aquí dejando atrás trabajo, casa y novio. Otro día un visitante me contó que pasaba por aquí antes de dirigirse a un retiro de “Reiki”, ya que sentía ciertas inquietudes espirituales que no encontraban respuesta en nuestra cultura materialista. También escuché la historia de un hombre que, tras una importante trayectoria en el mundo de los negocios, se había encontrado con una gran insatisfacción, una falta de realización personal con lo que hacía, y lo había dejado todo. Otra chica muy joven me contó que se decidió a hacer un viaje por la India tras recibir una indemnización por un maltrato recibido en su trabajo en una discoteca, que le había dejado con muy mal sabor de boca. Otra acababa de terminar una relación de noviazgo que había durado siete años…

Todos tenemos nuestra historia, y aunque no la contemos en detalle, me doy cuenta de que solo al estar aquí y mirar a alguien a los ojos ya te quedas un poco al desnudo. Y es que siento que muchos venimos arrastrando algún tipo de decepción, de vacío, de insatisfacción… o una búsqueda de algo. No sé, quizá sea el mismo espíritu de inconformismo que trajo a Vicente Ferrer a la India el que nos ha poseído un poco a muchos de los que llegamos aquí, con sobrepeso en la maleta, en la mente y en las emociones…

Quizá solo sea eso, una impresión. Pero el escuchar a tantas personas hace que de alguna forma las relaciones sociales aquí se vivan, como he dicho antes, de forma muy intensa. Súmale a todas esas historias una convivencia intelectual de ideas de los más dispares, una mezcolanza religiosa a veces infumable y un aire cargado de espiritismo y superstición…Por otro lado, es un ambiente que siento que en cualquier otro momento de mi vida me hubiera afectado de forma muy distinta, es posible que me hubiera hecho sentir náuseas y hasta ponerme enferma. Y es que la mente, el cuerpo y las emociones trabajan en equipo, y a veces cuando una idea te confronta, te afecta en el corazón y te duele físicamente…

Algo de lo que me he dado cuenta escuchando todas estas historias pero que ya venía masticando desde hace algún tiempo es que, en la cultura y el contexto del que venimos, las crisis (ya sean espirituales, emocionales o intelectuales) nunca son bienvenidas. Todo lo que nos rodea nos inyecta una especie de sedante positivista: cómo ser feliz, cómo encontrar la paz interior, cómo ser mejor, cómo tener más, cómo tener éxito… No creo que estos enunciados estén mal necesariamente, pero a veces se me atraganta que al final todo está centrado en uno mismo, en el yo-yo-mi-mío. En este sentido, creo que algo que me ha abrumado mucho este último tiempo es que el mundo en el que estoy no me permite estar triste, ni enfadada, ni deprimida, ni me da la libertad de tener una crisis a menos que sea algo muy momentáneo, un estado de transición hacia otro estado del cual tengo que intentar salir lo antes posible. Es como:  “vale, ten una crisis, pero supérala rápido por favor”. Como si tu estado molestara, incomodara. Otra vez sacando nuestros relojes y nuestras agendas, nuestra ansiedad por “no perder el tiempo”, nuestra agonía de intentar cumplir y aparentar todo el rato e incluso evaluando nuestras vidas en términos de felicidad… Sin si quiera saber exactamente a qué tipo de felicidad estamos rindiendo culto.

Si has estado leyendo hasta ahora y eres de esas personas que leen entre líneas, seguramente no te sorprenderá que te diga que este año para mi ha sido (y está siendo) un año de crisis, quizá una de las mayores crisis a las que me he enfrentado en toda mi vida. No creo que se deba necesariamente a ninguna razón o circunstancia en particular, más bien una mezcla de situaciones nuevas o desconocidas, cambios en mi vida que he tenido que atajar como he podido, algunos de ellos malos, muchos de ellos buenos (si es que se puede definir algo como malo o bueno sin ser capaz de ver cómo encaja cada pieza en el puzzle…). Pero hey, no escribo esto para darte pena, si no porque siento la necesidad de compartir contigo que a veces tenemos un miedo irracional a las crisis, y las crisis son necesarias para crecer y aprender. De hecho, creo que la mayoría de los que estamos aquí trabajando y ayudando no estaríamos aquí de no ser porque nos  hemos sentido desorientados, cansados o insatisfechos con lo que estábamos viviendo antes.  Hemos sufrido, pero en silencio, porque en nuestra cultura de la felicidad hemos convertido la tristeza en un tabú. ¿Por qué? Bueno, un día hablando sobre esto con una persona muy querida se nos ocurrió pensar que quizá es porque, al admitir que no estás bien, que hay cosas que no entiendes, que estás confusa o que no las tienes todas contigo… De alguna manera te haces vulnerable al otro, te expones de forma que hace que los demás quieran “intentar arreglarte”, darte soluciones rápidas para sacarte cuanto antes de este estado de inestabilidad en el que te encuentras. Y en verdad, es de agradecer que haya gente que se vuelque, que se preocupe y que quiera ayudarte… Pero es muy frustrante que te pongan un cronómetro y te presionen para intentar llenar un vaso que tú, en el momento en el que estás, prefieres ver medio vacío antes que llenarlo con el primer agua que te encuentras por ahí. Y créeme, no es una buena idea beber de cualquier agua. Al menos, no aquí en Anantapur…

Bueno, sin duda aquí es muy difícil esconder “el color de tu alma”. Y aunque a veces agota, tanto el dar de uno mismo como el escuchar de otros, creo que, en mi experiencia personal, me resulta más cansino el esfuerzo por cerrarme o intentar esconderme que el de hacerme vulnerable a otros. Que te pueden hacer daño, sí. Pero creo que la mayoría de las veces el dolor te ayuda a identificarte con otros mucho mejor que la alegría. Sobre todo en un lugar donde el dolor, la pérdida y la pobreza son el plato principal, y a veces único, de cada día…

Me despido con un proverbio que leí esta semana y que creo que pega mucho con la reflexión de esta entrada:

“Cantar canciones alegres a quien tiene el corazón afligido es como quitarle a alguien el abrigo cuando hace frío. Es como echarle vinagre a una herida…”

Proverbios 25:20

Por cierto, mientras terminaba de escribir me he acordado de la peli de Inside Out. Si no la has visto, te la recomiendo. Quiero usar el ejemplo de esta peli para aclarar que con esta reflexión no quiero decirte que “Tristeza” debería conducir todo el rato, pero sí que también necesita su espacio para llevar el timón. Y quién sabe, a lo mejor si la dejas conducir tranquila a lo mejor te lleva a algún lugar muy lejano…

Como la India 😉

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Es verdad Consu, muchas veces por el contexto de dónde venimos parece que tienes que tener todas las respuestas pero la vida nos enseña que no. Cuando somos frágiles podemos ver a los que nos rodean con otra mirada. Me alegro mucho que puedas vivir esta experiencia que seguramente te cambiará para siempre. Por cierto, mi escena favorita de Inside out es cuando Tristeza “reluce” en todo su esplendor. Te quiero!

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    1. konsufdezag dice:

      ¡A mi también me encanta esa escena!

      Gracias mami!! Love you!!!

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  2. Raquel Jimenez dice:

    Consu, primero de todo que bien escribes!! Me ha encantado todo lo que dices y me siento súper identificada. Sigue disfrutando de la experiencia y de ese maravilloso país y sobre todo…. Sigue contandonos!!

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    1. konsufdezag dice:

      ¡Muchas gracias, Raquel, por leer mis divagaciones! Y por tus palabras de ánimo 🙂 Lo aprecio mucho!

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