Capítulo 6: Mi causa

“En el mundo hay multitud de causas por las que luchar y hay que tomar alguna como propia”

Vicente Ferrer

En fin, no podía durar mucho mi objetivo de escribir una entrada a la semana.  Pero lo cierto es que cuando me planteé ese objetivo una parte de mi estaba pensando que si lo cumplía significaría que tendría demasiado tiempo libre..¡y nada más lejos! El tiempo libre está ahí, pero se llena fácilmente con miles de actividades.. En general estas últimas semanas han sido geniales. He conocido más gente, he hecho algunas excursiones, he jugado mucho al fútbol, he bailado Bollywood dancing, he cantado y tocado el ukelele…

Pero no todo es maravilloso.

Hace un par de semanas tuve una crisis de pulgas, o chinches, en la habitación. Las horas de sobremesa en la mesita de afuera de la cantina comiendo al lado de los perros se han acabado, así como mi amistad con muchos de ellos.. Con todo el dolor de mi corazón, porque les tengo mucho cariño, pero despertarme a las cuatro de la mañana y tener que darme una ducha porque me pica absolutamente cada rincón de mi cuerpo.. Nop, no tengo ganas de repetir.

Algo que también ha llegado a su fin es el comer absolutamente todo lo que me ofrecen independientemente de dónde o de quién venga. No sé si habrá sido una mezcla entre algo que comí en la excursión a Hampi (donde literalmente devoré un plato de arroz blanco como si fuera el manjar más exquisito del universo, imaginaos el hambre que tenía), o el volver a comer comida picante con las niñas en la Escuela Profesional.. Pero el caso es que esta semana he sufrido mi primera gastroenteritis. Un par días con fiebre, vómitos y diarrea, lo que me tuvo ayer yendo y viniendo del hospital de Bathalapalli. Tranquilos, estoy sana y salva y como una rosa, pero tengo que poner la típica foto del lecho de muerte para que penséis que he sufrido mucho y me mandéis mimitos, jiji.

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El Monzón es precioso, sí, y agradezco al cielo que hayan bajado las temperaturas considerablemente. Ahora sí, con la humedad han aparecido todos los mosquitos del universo, lo cual no es tan bonito. El otro día le mandé una foto a mi familia de mis pies, porque como aquí voy todo el día en chanclas (cuando no voy descalza), los tenía llenos de picaduras de a saber cuántas especies de insectos diferentes, cada una tenía su forma, tamaño y color particular, y cada cual picaba más que la otra. Mi hermano me dijo “Consu, los pies en general son feos, pero los tuyos ahora mismo…!”. Y bueno, tener los pies feos no es un gran problema, el problema es cuando vas caminando hacia tu cuarto de noche y de repente te tropiezas con esto..

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Afortunadamente estaba muerta.. ¡¡pero qué asquito!!

 

Aún con estos pequeños rifi-rafes, sigo disfrutando. La rutina sigue trayendo sorpresas, nuevas experiencias, desafíos y aprendizajes. No hay un día igual al otro, nada me deja indiferente. Hace un tiempo algo me llamó la atención y le pregunté a una de las voluntarias: “Tía, ¿qué es eso que se oye todas las tardes, un hombre cantando..?”, eran las oraciones, o alabanzas que cantan los indios cada día cuando se pone el sol. A mi amiga le hizo gracia y le sorprendió que no me hubiera percatado antes de ese detalle, y yo le contesté la verdad: ¡es que este lugar tiene demasiados estímulos..! Creo que mis sentidos no alcanzan para descubrir todo de una, y necesitan ir procesando poco a poco. Así, un día descubro las ranas y los monos, otro día identifico algunos olores, al día siguiente aprendo a distinguir la picadura de una chinche y de una pulga, descubro un sabor nuevo, aprendo una nueva palabra en telugu, aprendo a conducir una scooter.. Y aún así, estoy segura de que hay muchísimas cosas que todavía pasan desapercibidas que irán reclamando mi atención poco a poco, y probablemente muchas también que me quedarán pendientes de aprender..

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Para los incrédulos que no se crean que realmente he aprendido a conducir una moto.. Esto fue hace un par de semanas, en una excursión a Humpi.

 

Creo que es cierto eso de que la India es un país que amas o odias, que te enamora o te repugna, pero desde luego no creo que deje a nadie indiferente. Sin embargo, al estar aquí no resulta difícil darse cuenta de que la experiencia de estar en la India temporalmente es muy distinta  a la de decidir venirse a vivir aquí. Supongo que pasa con todas las experiencias nuevas, toda aventura tiene su magia del primer momento, del descubrimiento de lo desconocido.. Ese famoso “enamoramiento”, si lo trasladamos metafóricamente a las relaciones humanas. No es difícil enamorarse, pero ay, ¡qué difícil es comprometerse! A falta de parecerme antinatural o anticuado, soy de esas personas a las que las relaciones duraderas le producen auténtica admiración. Me fascina que a día de hoy haya personas dispuestas a amar incondicionalmente, comprometerse a cuidar de otro ser ajeno a uno mismo y darle prioridad, en las buenas o en las malas.

Supongo que es normal que con el paso de los años me haya vuelto un poco escéptica a este concepto del “para siempre”. Me he dado cuenta de que me cuesta muchísimo pensar a largo plazo, supongo que es un virus de mi generación que finalmente se me ha contagiado. Me considero una persona aventurera, y como a cualquiera, me gusta probar cosas diferentes y vivir nuevas experiencias. ¡La vida tiene tantos tesoros, tantos secretos escondidos, tantas maravillas por descubrir..! Sin embargo, todavía creo reconocer en cada persona un cierto anhelo de pertenencia y de compromiso con algo. De reconocer, ya no necesariamente una persona, pero sí un lugar, una gente, o una causa… como propia.

Estos días he estado leyendo la autobiografía de Ana Ferrer “Un pacto de amor” (“Expecting a miracle”), libro al que me encantaría dedicarle una entrada si mi fuerza de voluntad y mis musas inspiradoras me lo permiten. Una de las cosas que Ana menciona cuando habla de la historia, así como del actual funcionamiento de la Fundación, es que es una organización comprometida al cien por cien con Anantapur y con su gente, y cómo decidieron en cierto momento que, como ONG, “estaban aquí para quedarse. Me produce admiración, a la vez que cierta intriga, que una persona como Vicente Ferrer se viniera a la India y encontrara aquí su lugar, su gente y su causa. Reconoció la lucha contra la pobreza como una lucha personal, y se comprometió con  Anantapur, con su cultura, sus creencias, sus costumbres, sus animales extraños, sus personas invisibles y olvidadas… todos los días de su vida y hasta que sus fuerzas se lo permitieron. Y como mujer del siglo XXI, me intriga y me sorprende mucho más aún que aquel “algo” que Ana encontrase fuera sencillamente (y con todas sus complejidades), un “alguien”. Encontró a Vicente, y este y su causa se convirtieron en la suya.

Siempre me han sorprendido los testimonios o historias de este tipo, en los que una persona encuentra ese “algo” o ese “alguien” y se da cuenta de que no puede ser para menos que para siempre. A veces me da por pensar (respecto a mi cultura) que quizás, en nuestro afán, anhelo o búsqueda natural por la libertad personal y desarrollo integral como personas, nos hemos olvidado un poquito del “otro”.  Y me hace preguntarme por qué. ¿No será que “somos” para algo más que para nosotros mismos?  ¿De dónde nace ese deseo de comprometerse, de amar una persona, una familia, un pueblo, un lugar, hasta el punto de dar tu vida en favor de este “otro”..? ¿Cómo, en una cultura en la que ya ni si quiera los tatuajes son para siempre, se pueden tomar decisiones que comprometan tu vida entera..? Como venir aquí, a un desierto donde no hay nada, y decidir que ya no es un desierto donde no hay nada, si no tu desierto donde no hay nada…

Me halaga hasta cierto punto que algunos me comentéis de vez en cuando que creéis que soy muy valiente por estar aquí, pero lo cierto es que no hace falta ser valiente para hacer lo que estoy haciendo, más bien considero que únicamente hace falta estar un poco loco y tener ganas de vivir una aventura. En mi opinión, estas experiencias “fugaces” no hacen a una persona valiente. Ni si quiera puedo decir que estoy aquí desinteresadamente, ya que lo que ganas con estas experiencia es MUCHO, aunque no sea económicamente hablando. Es bonito hacer un voluntariado que te permitan conocer otro país y otra cultura, y dar un poco de lo que tienes, pero creo que es significativamente mucho más lo que uno recibe, al menos cuando es tan poquito tiempo. Esto, claro, es una opinión personal. Pero me fascina mucho más, y reconozco mucho más la valentía de aquellos que, por amor, por convicción o por deber moral, deciden quedarse a pesar de que la experiencia ya no les suponga el mismo beneficio, satisfacción personal o enamoramiento del principio.. Ya sea en el otro lado del mundo o en su barrio de toda la vida.

En resumen, que admiro a las personas comprometidas con una causa, y de vez en cuando me planteo si alguna vez seré lo suficientemente valiente para, usando las palabras de Vicente Ferrer,  “tomar alguna como la mía”.  Y bueno, no sé si esta entrada en conjunto ha tenido mucho sentido ni qué ha sido exactamente lo que he querido pensar en voz alta, pero entre clases, monos, suero y viajes al hospital para aquí y para allá… ¡esto es lo que ha salido entre ayer y hoy!

Os dejo algunas fotillos. Namasté! 🙂

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Mi pequeña vecina anonadada ante una serpiente muerta. Me pregunto qué pasará por su cabecita..
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Danos unos días y nos verás conduciendo una moto..
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Una mona (con su bebé bien agarrado) rescatando comida de la basura..

 

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Atardecer en Humpi

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Hellen Ramiro dice:

    Genial Consu! Gracias por compartir tu experiencia en la India! me hace volver a revivir mi experiencia y la cantidad de pensamientos que tuve mientras convivía en este país tan extremo y peculiar pero a la vez tan apasionante!

    Besitos 🙂

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  2. Miriam dice:

    Aunque ya me haya enterado de todo lo que vas viviendo, me encanta leer tus reflexiones acerca de ello. Besos!!

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  3. Liliana dice:

    Hermosa! cuánto nos enseñas y nos haces reflexionar con “tu aventura, tu causa”. Beso!

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