En la cuerda floja. Expresiones de libertad.

 

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”

El Quijote– Miguel de Cervantes

 

Creo que fue hace unos meses, en uno de esos eternos viajes en avión (ya no estoy segura si fue yendo o volviendo de la India o yendo o volviendo de Argentina), que entre las opciones de películas disponibles me encontré con esa de “En la cuerda floja” (“Man on wire”). Se trata de una película documental sobre la vida de Philippe Petit, un funambulista francés que dejó su vida en Europa para perseguir un sueño alocado: viajar a Nueva York para caminar sobre una cuerda floja personalizada que colocaría entre las Torres Gemelas del World Trade Center. La película ganó varios premios al mejor documental y mejor película británica, y personalmente he de decir que aunque me esperaba la típica peli súper hipster y saturada de vintage (que en realidad, en parte lo es), la verdad es que me gustó mucho. Aunque todo hay que decirlo, me hubiera gustado igual si hubiera sido exactamente eso, la típica peli, porque la verdad es que mi gusto cinematográfico no es muy refinado y exquisito, que digamos.. De verdad que me veo cada mierda a veces, ESPECIALMENTE en los viajes en avión… que pobre cerebro mío.

El caso es que ayer me vino a la mente el recuerdo de esa película estando en la azotea con mi café, admirando el paisaje de casas de mi querido barrio en Lingarajpuram. La verdad es que es una pena que no tengamos ninguna silla de terraza para sentarnos tranquilamente a tomar el café mientras disfrutamos de las vistas de la India, y en eso andaba pensando cuando de repente me di cuenta de que tenía la mirada fija en el borde del muro, y que inconscientemente y sin querer mis ojos llevaban ya un buen rato midiendo la anchura del borde y haciendo cálculos para comprobar si era lo suficientemente ancho para poder sentarme sin perder el equilibrio…

Fue ahí cuando se inició uno de esos debates internos que tengo a menudo sobre las cosas más arbitrarias del mundo:

Oh no, no puedo estar pensando en hacer eso…

Lo vas a hacer y lo sabes.

No hombre, cómo me voy a sentar ahí

Pero si cabes.

Pero está alto.

Pero no te vas a caer.

Pero me pueden regañar por imprudente.

Quién, ¿el hombre que duerme en el tejado o la mujer que está cocinando al lado de esa montaña de  basura?

¿Pero por qué?

¿Pero por qué no..?

 

 

El caso es que dejé el café sobre el muro de piedra,  y miré hacia abajo. Había una altura suficiente para matarme, aunque casi que me daba más asco imaginarme que sobrevivía si me caía y me encontraba en medio del mar de basura que cubría el suelo. Miré a ambos lados, y asegurándome que no llamaría especialmente la atención de nadie, decidí dejarme llevar por aquel arrebato impetuoso. Primero una pierna… ya estaba sentada a horcajadas ¡¡Madre mía, Consu, estás loca!! Pero me conocía lo suficiente como para saber que ya no había marcha atrás. Despacio, fui elevando la otra pierna hasta que encontré el balance perfecto y pude reposar con equilibrio en una postura cómoda. Ya está. Ya está, ayayayayay ya esá, estoy sentada en el tejado, ¡¡ESTOY SENTADA EN EL TEJADO!!

Quizá suene como una ñoñada, pero cuando levanté la mirada parecía que el paisaje que se presentaba delante mío había dejado de ser el mismo. Por alguna razón, el simple hecho de cambiar de posición me había dado una perspectiva totalmente nueva, y al haberme “salido” de los límites del muro había pasado a formar parte del mismísimo paisaje. Ya no estaba simplemente contemplando el atardecer, estaba fundiéndome con él,estaba volando, estaba sintiendo en mis hombros el peso de la altura que me separaba del suelo y el soplo de una brisa de otoño llevándome lejos, allí donde se confundían los pájaros con las cometas y las nubes se abrazaban con las montañas, allí donde el cielo interpretaba los colores más diversos y las hojas de las palmeras bailaban al compás de las risas de los niños… Allí, donde ya no había muros si no era para saltarlos, donde ya no había límites si no era para rozarlos con la punta de los dedos, donde el silencio se rompía solo con más silencio y con los pájaros que volaban hacia el sol entonando una canción de libertad…

Libertad

Sí, puede que sea una noñada, pero eso fue lo que me arrebató en ese instante: una sensación ridícula de libertad.  Y fue entonces cuando me vino a la mente Philippe Petit,  y una de sus frases más famosas que cito a continuación:

“¿Por qué?” Eso es lo que más me preguntan. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por qué camino en la cuerda floja? “¿Por qué tientas la suerte?”. “¿Por qué te arriesgas a morir?”. Pero yo no pienso así. Nunca digo esa palabra. Muerte. La mort. Sí. Lo dije una vez, o quizá tres veces ahora. Pero miren, no volveré a decirlo. En vez, usaré la palabra opuesta: Vida.

Para mí, caminar en la cuerda floja, eso es vida. C’est la vie.

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Me puse a pensar en aquella frase de Philippe Petit, e inevitablemente se me ocurrió preguntarme si no sería que este señor había nacido precisamente para eso. Para caminar sobre la cuerda floja. Para que esa pasión, nada cuerda, de caminar sobre una cuerda, marcara un antes y un después en el arte del funambulismo. En una sociedad en la que todo tiene que tener un por qué, un sentido práctico y una evaluación numérica, ¿por qué invertir tanto tiempo, dinero, planificación y quebraderos de cabeza en cometer una de las mayores ilegalidades de la historia de las ilegalidades sin ningún motivo más que por amor al arte? Es más, ¿vale la pena arriesgar tu vida y existencia por tan solo unos segundos de exponer ese arte?

Para Philip sí. Pero creo que para él era algo que iba mucho más allá que simplemente el arte de caminar sobre una cuerda. Era el arte de disfrutar de ese pequeño instante de libertad. De romper los límites de lo establecido. De saber que las leyes están para nosotros, y no nosotros para las leyes…

 El arte de vivir.

¿No será que estamos hechos, o existimos, precisamente para eso? ¿Para el arte de vivir…? ¿No será que estamos hechos para disfrutar de esa libertad, aunque a veces sea arriesgado, aunque a veces sea polémico? ¿Y no vale la pena arriesgar la vida para poder experimentar, aunque sea por una milésima de segundo, esa libertad para la que (quizás) hemos sido creados…?
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Sé lo que estás pensando. Consu, si te sientas en el tejado te puedes caer. Sí, es posible. Pero si nunca me siento en el tejado… nunca me sentaré en el tejado. Quizá para el mundo sean arrebatos infantiles, estúpidos y totalmente innecesarios, pero a mi me gusta pensar que son pequeñas expresiones de libertad.. Como lo puede ser para ti viajar, teñirte el pelo de rosa, quedarte toda la noche despierto haciendo absolutamente nada, bailar una canción con una letra que no te identifica en absoluto, hacerte un tatuaje, decir una incoherencia sabiendo que lo es, saltar de un avión (con paracaídas), conducir a una velocidad un poco mayor de la permitida…

Que hay que ser prudente y tener cuidado de no caerte y darte el mamporrazo de tu vida, estoy de acuerdo. Pero para cuidar de no caerte, tienes que estar haciendo equilibrio en algún lado, ¿no? ¿Qué mérito tiene estar firme en tierra firme…? No sé, a veces pienso que quizás hay algo dentro de cada uno de nosotros que nos pide que, por favor, nos rebelemos un poco. Que no nos conformemos a este mundo y a los moldes y le demos un poquito de uso a esa libertad, que dejemos de vivir bajo yugos estúpidos y religiosos que nos ponemos a nosotros mismos… y que inevitablemente ponemos sobre los demás. Que le quitemos, también al otro, esa presión de la expectativa de lo que se supone que es lo normal, esa cruz con la que le cargamos porque, como a nosotros nos pesa tanto, necesitamos ese falso consuelo de que pesa un poco menos solo porque a él le pesa más que a mi, y no nos damos cuenta de que lo único que hacemos es añadir peso… ya que aquel que quiere ser libre de tu yugo tirará y tirará hasta asirse de él, haciendo la carga más pesada e insoportable.

Bueno, es posible que todo esto se haya terminado convirtiendo en una metáfora un poco rebuscada. Pero creo que, al final, cuando discutimos sobre la libertad, las motivaciones y el por qué hacemos o dejamos de hacer algunas cosas, simplemente se trata de ser un poco retroinspectivos, de conocernos bien a nosotros mismos para saber dónde están nuestros límites y hacer con ellos nuestra propia “cuerda floja personalizada”, diseñada única y exclusivamente para nuestro peso, altura y forma de caminar. Diseñada para nuestra vida, única e irrepetible, y para que nadie más que nosotros pueda caminar sobre ella con la misma gracia y seguridad…

 

“No estoy ahí arriba por casualidad. Estoy por elección propia. Y conozco la cuerda, y conozco mis límites. Y ahí donde veis a un loco caminando estúpidamente por los aires, hay un obseso de los detalles…”

 

Caminemos por nuestra propia cuerda floja. Conociendo nuestros límites. Sin mirar atrás, sin mirar la cuerda del otro. Expresando el arte de vivir..

Expresando libertad.

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Por cierto, quiero aclarar que con estas reflexiones mi intención no es dar lecciones morales ni pretendo de ninguna forma enseñarte nada sobre cómo vivir tu vida, ni abrir debates filosóficos o teológicos ni mucho menos ser un ejemplo a seguir (por favor, ¡que no quiero que me lleguen noticias de gente que se cae de un tejado tras leer el blog de una loca de los gatos en la India!). Mi única intención siempre será, únicamente, inspirar. Porque al final en eso consiste el arte, ¿no? En inspirar, no en explicar.

En otra de las veces en las que Philipp fue entrevistado y en la que volvieron a cuestionarle por qué hacía lo que hacía, el funambulista contestó que hacía lo que hacía simplemente para que la gente se parase un momento para mirar arriba… 

Y esa será siempre mi única intención con este blog. Que te pares a mirar. Quizá te inspire, quizá pases de largo… Pero hacerte parar, por un segundo..

Namasté, ¡y que la Providencia te acompañe!

 

 

 

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