Capítulo 13: El día que me regalaron una niña. Estreñimiento literario.

¡Ah, si supiera yo dónde encontrar a Dios! ¡Si pudiera llegar adonde él habita! Ante él expondría mi caso, ante él llevaría mi queja. Llenaría mi boca de argumentos, intentaría entender su respuesta. ¿Pelearía él conmigo, con todo su poder…?

Job

 

Últimamente estoy sufriendo una especie de “estreñimiento literario”, nombre con el que he bautizado al bloqueo expresivo que tengo a la hora de sentarme a escribir, una sensación de llevar mucho tiempo pensando que quiero contar algo pero no sé exactamente qué. Y llevo arrastrando los síntomas desde un evento ciertamente intenso que tuvo lugar hace algunas semanas…

Resulta que un domingo por la mañana como cualquier otro salí a dar un paseo por mi barrio. Cuando digo “mi barrio”, en realidad tengo que especificar que si salgo de mi casa y tiro para la izquierda me voy a la carretera principal que me lleva a una zona algo más céntrica, y si tiro para la derecha me encuentro con el slum, que es básicamente la zona de chabolas donde vive la gente pobre, donde están las iglesias, los templos y las mezquitas. Como normalmente siempre salgo hacia la izquierda, aquel día tenía ganas de ver “qué se cocía” al otro lado de la India, aunque ya me lo olía (literalmente). Supongo que por alguna razón a veces me gusta inyectarme ciertas dosis de realidad. Mi compi de piso Rachel, tan protectora como siempre, intentó persuadirme cuando le comenté que tenía ganas de pasear por esa dirección, diciéndome que no había “nada bonito” que ver por ahí. Le pregunté si era peligroso y me dijo que no (no a plena luz del día un domingo por la mañana), pero que simplemente podría resultarme “incómodo”.

Y no hubo nada más que decir. Supongo que a las personas incómodas nos atrae irremediablemente lo incómodo.

El caso es que salí, y empecé a caminar por las calles estrechas y deformes del slum, con una sonrisa estúpida en la cara y saludando a mis vecinos que me miraban con cara de póker, seguramente preguntándose de qué tipo de carroza de cristal se habría caído esa larguirucha blanca con mechas californianas. Como voy de maja por la vida, a cada persona que me sonreía (perdón, a cada mujer)  yo le devolvía la sonrisa, y no solo me bastaba con eso para hacerme la simpática, además les preguntaba “¿cómo estás?” en kannada, el dialecto local, que es algo así como Channaguidirá? (ni idea del spelling). Tengo que decir que estoy sorprendida conmigo misma y con mis avances lingüísticos, ya no solo chapurreo un poco el Telugu, ahora ya sé preguntar ¿cómo estás? y ¿has desayunado? en Telugu, Kannada, Hindi y Tamil, entre otras cosas que voy aprendiendo gracias a la convivencia lingüística del cole. Y pensarás que qué arbitrario eso del desayuno, yo también lo pensaba hasta que me di cuenta de que me lo preguntaban todos los santos días… Entonces llegué a la conclusión de que aquí en la India debe de tratarse de una formalidad, o una pregunta por educación, y que a la gente realmente no le interesa saber lo que has desayunado al igual que a la gente que te pregunta qué tal no le importa genuinamente cómo estás a menos que te lo esté preguntando en serio. Me tendrías que ver al principio, contándole a todo el mundo lo que como para desayunar y repitiéndolo como doscientas veces al día…

Bueno, sucedió que en un momento me saludó una señora que cargaba con una niña que tendría menos de un año. Le devolví el saludo y me disponía a continuar mi camino cuando de repente me di cuenta de que la mujer se acercaba a mi con los brazos extendidos, como ofreciéndome a la niña para que la sostuviera (pensaba yo, en mi ingenuidad). A lo mejor a ti puede parecerte muy raro este gesto viniendo de un desconocido, pero cuando vivía en Anantapur me pasó en un par de ocasiones que una madre o un padre me pedía que sostuviera a su bebé en brazos, no sé si como un gesto amigable, o por superstición, o como para bendecirlo… No sé, el caso es que no me sorprendió del todo, y acepté a la niña entre mis brazos, que me miraba ojiplática con una cara entre la sorpresa, la incomprensión y el llanto absoluto. Finalmente se decantó por esta última y empezó a llorar desconsoladamente.

Aquí es cuando la cosa se pone tensa. Resulta que cuando hago el amago de devolverle la niña a la madre (o la abuela, no estoy segura de lo que era), la mujer me hace un gesto de negación con la mano mientras me dice no se qué en kannada. Me quedo mirándola sin entender, miro a la niña que llora, y vuelvo a extenderla hacia ella. Ila, ila (No, no) me dice, y hace gestos con la mano.

You take, you take (Tú llevas, tú llevas). ¡América, América!

Imagínate mi cara de terror cuando me di cuenta de que lo que la mujer me estaba pidiendo es que me llevase la niña a América (asumiendo por su puesto que como soy blanca y tengo dinero debo de ser americana).

No, madam, no, lo siento. No puedo, yo…

Insistí en devolvérsela con toda la amabilidad del mundo y de repente la mujer me empezó a decir cosas en un tono más agresivo. A todo esto, la niña lloraba cada vez más, y los vecinos empezaron a rodearnos para saber qué estaba pasando exactamente, algunos se reían, otros miraban sin entender muy bien y otros le decían cosas a la señora, que parecía cada vez más enfadada conmigo no sé exactamente por qué. Yo quería literalmente desaparecer, mi desesperación llegó al nivel de hacer el amago de dejar a la niña en el suelo, darme cuenta de que no caminaba  y volver a cogerla, horrorizada y sin saber qué hacer.

De repente apareció de entre los vecinos un chaval, algo más joven que yo, y me hizo un gesto como para que se la diera. –Ma’m, father, father- me dijo, haciéndome entender que él era el padre. Me quedé mirándole sin saber muy bien qué decirle, puse la niña en sus brazos y le dije que lo sentía, y que no entendía muy bien lo que estaba pasando. Y aquí es cuando el chico con toda la tranquilidad, languidez y apatía del mundo me dice lo siguiente:

No food, Ma’m. No food for baby

(No comida, Madam. No comida para bebé)

 

 

Supongo que tiene sentido que el diagnóstico señale esta anécdota como la causante principal de ese estreñimiento literario del que te hablaba. Pero además, creo que al final es verdad eso de que solo hay una cosa realmente necesaria e imprescindible a la hora de escribir, y es tener algo que decir. Querer comunicar un mensaje.

Recuerdo que cuando empecé el blog le comenté a alguien acerca de ese miedo. El miedo a que de un momento a otro me diera cuenta de que no sabía exactamente qué quería decir. Y creo que fue mi cuñada Elisabet la que me dijo algo de forma muy clara y rotunda, y es que uno no puede dar de algo que no tiene. Me lo explicó con la metáfora de una mochila (jobar es que CUÁN profundas y románticas somos que nos hablamos con parábolas y todo): era algo así como que todos vamos por la vida con una mochila, y cada uno tiene que decidir con qué quiere llenarla. Obviamente de aquello con lo que la llenes será lo que podrás compartir con los demás, y es que en esta travesía uno nunca viaja solo. Aunque creo que al final se trata más de decisiones pequeñas que de circunstancias eventuales, lo cierto es que la mayoría de las veces son esas mismas circunstancias las que nos llevan inevitablemente a tomar la decisión llenar nuestra mochila de ciertas cosas. Yo en el momento en el que escuchaba esto era perfectamente consciente de que aquella mochila metafórica de repente me estaba pesando demasiado porque había ido acumulando mucha mierda. Tocaba vaciar, hacer revisión de equipaje.

El problema llega cuando levantas la mirada y te das cuenta de que el tramo que te espera por delante es uno de los más críticos y turbulentos del viaje y tú vas ahí, con la mochila medio vacía, pero decides aventurarte igual. Y claro, de pronto te encuentras una situación como esta, en la que una madre te regala su bebé por la calle, y empiezas a rebuscar en tu mochila de forma desesperada: ¿Dónde están las grandes palabras? ¿Dónde ha quedado la fe que he llevado por bandera toda la vida? ¿Dónde está el consuelo que me dio nombre? ¿Dónde está la esperanza sobre la que tanto escribía desde el sofá de mi casa? ¿Dónde me he dejado las canciones de paz, de libertad…? ¿O eran solo palabras colocadas al azar, porque rimaban? ¿Dónde he puesto a todos los que me hablaban de justicia, los grandes ejemplos de personas? ¿Dónde están los libros, las frases, las lecciones de vida? ¿Y las palmaditas en el hombro, los abrazos gratis? ¿Dónde puse las soluciones rápidas, la cura fácil contra todo…?  

.

¿…Dónde está Dios?

 

.

En fin, todo esto para que entiendas mi estreñimiento literario. Y que a veces si no escribo es precisamente porque no sé qué decirte.

Namasté!

 

 

 

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Jose Pablo dice:

    Sigue leyendo Job. Dios también hace preguntas. ¿Dónde estabas tú cuando creó el universo? ¿Donde cuando Jesús derramaba su sangre por un mundo malvado? Este mundo está hecho una basura por culpa del pecado y Satanás y seguir a Jesús es el comienzo del cambio, de una nueva humanidad, porque es el único que vence al sistema corrupto, las castas, la avaricia, la envidia, la mentira y el egoísmo.

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    1. Papi dice:

      ¿DÓNDE ESTÁ DIOS…?

      Vivimos en un mundo, y un planeta, donde miles de millones de personas, cada día, beben sus propias lágrimas y comen el pan del sufrimiento.

      En ese mismo mundo, un pequeñísimo (y cada vez más reducido) grupo de privilegiados e ignorantes, que nada sabemos (ni tenemos mucho interés en saber) de esa realidad que vive la mayor parte de las personas, comemos a diario, nos duchamos con agua caliente y soñamos… con otra cosa que no sea la mera “supervivencia” hasta el día siguiente.

      Ambos mundos están separados por una suerte de decorado de “cartón piedra”, como esos que se montan en Hollywood para las películas, o en los teatros de la ópera, para simular realidades maravillosas y contarnos historias que nos gusta creer… como que “la vida en este mundo es bella, y merece ser disfrutada”… que podemos ser felices siguiendo unos cuantos principios con los que funciona “el sistema” y sin hacernos demasiadas preguntas acerca de lo que hay detrás del decorado… detrás del “backstage”.

      De vez en cuando, hay personas “incómodas” (aunque no sean conscientes del origen ni la causa de su incomodidad), que transitan por lugares “fronterizos” y se hacen preguntas de esas que nadie quiere hacerse para no verse enfrentadas a una realidad que puede resultar “aplastante e intimidatoria”. En esos lugares fronterizos se mueven algunas ONG, periodistas de investigación, misioneros cristianos, y aventureros hastiados de la irrealidad de esa “burbuja”, en la que vive (vivimos) ese reducido “grupo feliz” del otro lado del decorado.

      En esa zona fronteriza también se mueve el Espíritu de Dios… Allí habita Jesús. Y, con frecuencia, Jesús sale a pasear por las calles del “backstage”, donde la gente solo bebe sus propias lágrimas y come el pan del sufrimiento. Se mete por las irregulares calles de un “slum” para ofrecerles su bella sonrisa, la dulzura de su amor y… también para compartir sus lágrimas, su desconcierto y su desazón por lo que esas pobres gentes están sufriendo sin que a nadie le importe. De vez en cuando, Jesús coge a una niña que llora en sus brazos, la acaricia con sus manos deformadas por las cicatrices de los clavos, y se pregunta, “¡¿Dónde estás, Padre?!”… “¡¿Dónde estás, Dios?!”… “¡¿Por qué me has desamparado?!”. (Aunque “teológicamente” sepa que no es así… aunque en ese clamor de impotencia, Jesús revele toda su “humanidad” y no pueda sentir ni decir otra cosa…).

      (No es casualidad que haya sido precisamente en la India, donde Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer, y otros muchos cristianos incómodos, hayan visto desafiada al límite su fe).

      De vez en cuando… cuando Jesús encuentra un corazón sensible, “incómodo”, y… “humano”, dispuesto a preguntarse qué hay detrás del “decorado de cartón piedra” al que nos conduce la calle de la derecha, y decide adentrarse en el “backstage” al que conduce la calle izquierda… allí… precisamente allí, se hace presente Dios. Y, paradójicamente, puede que no haya otro lugar en el mundo donde un hijo de Dios pueda sentir con mayor intensidad la compasión, el amor y el dolor del corazón de Dios por los que sufren, como cuando se atraviesa esa frontera.

      Querida Consu, quizás… detrás de la pregunta natural y humana de “¿Dónde está Dios?”, haya otras, mucho más inquietantes y comprometedoras… “¿Dónde estoy yo?”… “¿Qué hago en este lugar fronterizo?”… “¿Señor, qué quieres que yo haga?” –Hechos 9:6–).

      Love you ❤ Proud of you ❤ Praying for you (and with you) ❤

      Le gusta a 1 persona

  2. Papi dice:

    ¿DÓNDE ESTÁ DIOS…?

    Vivimos en un mundo, y un planeta, donde miles de millones de personas, cada día, beben sus propias lágrimas y comen el pan del sufrimiento.

    En ese mismo mundo, un pequeñísimo (y cada vez más reducido) grupo de privilegiados e ignorantes, que nada sabemos (ni tenemos mucho interés en saber) de esa realidad que vive la mayor parte de las personas, comemos a diario, nos duchamos con agua caliente y soñamos… con otra cosa que no sea la mera “supervivencia” hasta el día siguiente.

    Ambos mundos están separados por una suerte de decorado de “cartón piedra”, como esos que se montan en Hollywood para las películas, o en los teatros de la ópera, para simular realidades maravillosas y contarnos historias que nos gusta creer… como que “la vida en este mundo es bella, y merece ser disfrutada”… que podemos ser felices siguiendo unos cuantos principios con los que funciona “el sistema” y sin hacernos demasiadas preguntas acerca de lo que hay detrás del decorado… detrás del “backstage”.

    De vez en cuando, hay personas “incómodas” (aunque no sean conscientes del origen ni la causa de su incomodidad), que transitan por lugares “fronterizos” y se hacen preguntas de esas que nadie quiere hacerse para no verse enfrentadas a una realidad que puede resultar “aplastante e intimidatoria”. En esos lugares fronterizos se mueven algunas ONG, periodistas de investigación, misioneros cristianos, y aventureros hastiados de la irrealidad de esa “burbuja”, en la que vive (vivimos) ese reducido “grupo feliz” del otro lado del decorado.

    En esa zona fronteriza también se mueve el Espíritu de Dios… Allí habita Jesús. Y, con frecuencia, Jesús sale a pasear por las calles del “backstage”, donde la gente solo bebe sus propias lágrimas y come el pan del sufrimiento. Se mete por las irregulares calles de un “slum” para ofrecerles su bella sonrisa, la dulzura de su amor y… también para compartir sus lágrimas, su desconcierto y su desazón por lo que esas pobres gentes están sufriendo sin que a nadie le importe. De vez en cuando, Jesús coge a una niña que llora en sus brazos, la acaricia con sus manos deformadas por las cicatrices de los clavos, y se pregunta, “¡¿Dónde estás, Padre?!”… “¡¿Dónde estás, Dios?!”… “¡¿Por qué me has desamparado?!”. (Aunque “teológicamente” sepa que no es así… aunque en ese clamor de impotencia, Jesús revele toda su “humanidad” y no pueda sentir ni decir otra cosa…).

    (No es casualidad que haya sido precisamente en la India, donde Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer, y otros muchos cristianos incómodos, hayan visto desafiada al límite su fe).

    De vez en cuando… cuando Jesús encuentra un corazón sensible, “incómodo”, y… “humano”, dispuesto a preguntarse qué hay detrás del “decorado de cartón piedra” al que nos conduce la calle de la derecha, y decide adentrarse en el “backstage” al que conduce la calle izquierda… allí… precisamente allí, se hace presente Dios. Y, paradójicamente, puede que no haya otro lugar en el mundo donde un hijo de Dios pueda sentir con mayor intensidad la compasión, el amor y el dolor del corazón de Dios por los que sufren, como cuando se atraviesa esa frontera.

    Querida Consu, quizás… detrás de la pregunta natural y humana de “¿Dónde está Dios?”, haya otras, mucho más inquietantes y comprometedoras… “¿Dónde estoy yo?”… “¿Qué hago en este lugar fronterizo?”… “¿Señor, qué quieres que yo haga?” –Hechos 9:6–).

    Love you ❤ Proud of you ❤ Praying for you (and with you) ❤

    Papi.

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  3. Papi dice:

    ¿DÓNDE ESTÁ DIOS…?

    Vivimos en un mundo, y un planeta, donde miles de millones de personas, cada día, beben sus propias lágrimas y comen el pan del sufrimiento.

    En ese mismo mundo, un pequeñísimo (y cada vez más reducido) grupo de privilegiados e ignorantes, que nada sabemos (ni tenemos mucho interés en saber) de esa realidad que vive la mayor parte de las personas, comemos a diario, nos duchamos con agua caliente y soñamos… con otra cosa que no sea la mera “supervivencia” hasta el día siguiente.

    Ambos mundos están separados por una suerte de decorado de “cartón piedra”, como esos que se montan en Hollywood para las películas, o en los teatros de la ópera, para simular realidades maravillosas y contarnos historias que nos gusta creer… como que “la vida en este mundo es bella, y merece ser disfrutada”… que podemos ser felices siguiendo unos cuantos principios con los que funciona “el sistema” y sin hacernos demasiadas preguntas acerca de lo que hay detrás del decorado… detrás del “backstage”.

    De vez en cuando, hay personas “incómodas” (aunque no sean conscientes del origen ni la causa de su incomodidad), que transitan por lugares “fronterizos” y se hacen preguntas de esas que nadie quiere hacerse para no verse enfrentadas a una realidad que puede resultar “aplastante e intimidatoria”. En esos lugares fronterizos se mueven algunas ONG, periodistas de investigación, misioneros cristianos, y aventureros hastiados de la irrealidad de esa “burbuja”, en la que vive (vivimos) ese reducido “grupo feliz” del otro lado del decorado.

    En esa zona fronteriza también se mueve el Espíritu de Dios… Allí habita Jesús. Y, con frecuencia, Jesús sale a pasear por las calles del “backstage”, donde la gente solo bebe sus propias lágrimas y come el pan del sufrimiento. Se mete por las irregulares calles de un “slum” para ofrecerles su bella sonrisa, la dulzura de su amor y… también para compartir sus lágrimas, su desconcierto y su desazón por lo que esas pobres gentes están sufriendo sin que a nadie le importe. De vez en cuando, Jesús coge a una niña que llora en sus brazos, la acaricia con sus manos deformadas por las cicatrices de los clavos, y se pregunta, “¡¿Dónde estás, Padre?!”… “¡¿Dónde estás, Dios?!”… “¡¿Por qué me has desamparado?!”. (Aunque “teológicamente” sepa que no es así… aunque en ese clamor de impotencia, Jesús revele toda su “humanidad” y no pueda sentir ni decir otra cosa…).

    (No es casualidad que haya sido precisamente en la India, donde Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer, y otros muchos cristianos incómodos, hayan visto desafiada al límite su fe).

    De vez en cuando… cuando Jesús encuentra un corazón sensible, “incómodo”, y… “humano”, dispuesto a preguntarse qué hay detrás del “decorado de cartón piedra” al que nos conduce la calle de la derecha, y decide adentrarse en el “backstage” al que conduce la calle izquierda… allí… precisamente allí, se hace presente Dios. Y, paradójicamente, puede que no haya otro lugar en el mundo donde un hijo de Dios pueda sentir con mayor intensidad la compasión, el amor y el dolor del corazón de Dios por los que sufren, como cuando se atraviesa esa frontera.

    Querida Consu, quizás… detrás de la pregunta natural y humana de “¿Dónde está Dios?”, haya otras, mucho más inquietantes y comprometedoras… “¿Dónde estoy yo?”… “¿Qué hago en este lugar fronterizo?”… “¿Señor, qué quieres que yo haga?” –Hechos 9:6–).

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