La luz del mundo

Contemplando con amor las caras macilentas que tenía delante, repitió las mismas palabras que Jesús:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”

Mientras pronunciaba estas palabras, experimentó un cierto malestar. ¿Necesitan verdaderamente palabras? Se preguntó. ¿Es que no son ya todos el mismo Cristo, el vehículo, el sacramento? ¿Acaso no son los pobres de las Escrituras, los pobres de Yavé, los hombres en los que Jesús se encarnó cuando dijo que donde hubiera pobres Él estaría con ellos…?

Después de un silencio, abrió los brazos como para abrazar a aquel puñado de hombres y mujeres que sufrían. Queriendo impregnarles el mensaje del evangelio desde aquella primera mañana, miró intensamente a cada uno de sus nuevos hermanos y hermanas. Luego, dejando que Cristo hablara por su voz, exclamó:

“Vosotros sois la luz del mundo”

 

Dominique Lapierre – La ciudad de la alegría

 

 

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