Abi: Lo que de la India me llevé

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Querida Consu:

Llevo muchos días dándole vueltas a esta entrada, pensando y pensando, y al final lo único que consigo es volver una y otra vez a la misma pregunta: ¿cómo lo haces? ¿Cómo te las apañas para detenerte de vez en cuando en medio del océano de anécdotas, impresiones y sensaciones en el que vives y ponerte a escribir? Sinceramente, después de pasar un mes contigo en la India estoy dispuesta a creer que en realidad fueron seis meses, y que alguien me está tomando el pelo con los calendarios. Es la única explicación que se me ocurre para que todas esas experiencias que veo cuando vuelvo la vista atrás tengan cabida en solo treinta días.

No creo que valga la pena intentar hacer un resumen de este viaje. Me conozco, y sé que la brevedad no es lo mío. Tampoco creo que sirva de mucho intentar pintar una imagen fiel de la India, de sus costumbres y de su cultura: para eso ya tienes muchas otras entradas en este blog, y, de todas formas, dudo mucho que en solo un mes pueda hacerme una idea de todo lo que entraña este país. Ni cien viajes en rickshaw, ni doscientos platos de dahl con arroz, ni mil palabras mal pronunciadas en kannada van a prepararme para hacer una descripción cercana a la realidad. No soy Dominique Lapierre, y tampoco lo pretendo. Lo único que aspiro a hacer en esta entrada, y el verdadero motivo por el que he decidido al menos intentar escribir algo, averiguar si tengo alguna respuesta para aquella pregunta que me lanzaste varias veces a lo largo de este viaje:

¿Qué te llevas de la India?

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Sé que es una pregunta que se les hace a todos los que pasan un tiempo allí, pero para mí en particular resulta muy interesante. Porque, honestamente, la India no es uno de esos países que yo haya querido conocer durante toda mi vida. No la ignoraba completamente, por supuesto, ni era ajena a ciertos aspectos de su historia y su cultura. Pero no me despertaba ningún interés especial, y de hecho nunca la incluí en una de las muchas «Listas de países que quiero conocer algún día» que he elaborado desde pequeña. No sé muy bien por qué, aunque lo sospecho. Cuando reflexiono sobre ello, no puedo evitar acordarme de lo que decía Sandra Cisneros en su novela La casa en Mango Street: «La gente que vive en las colinas duerme tan cerca de las estrellas que olvida a aquellos que viven muy cerca de la tierra. No miran abajo nunca, salvo para alegrarse de vivir en las colinas».

Por eso debo admitir que cuando me enteré de que iba a tener la oportunidad de pasar las Navidades contigo sentí una gran alegría, pero también, al menos cuando empecé a pensar en ello, cierta inquietud. No podía evitar preguntarme qué iba a encontrar en la India, y si realmente iba a estar preparada para ello. «¿Qué voy a descubrir sobre mí misma y sobre la cultura en la que vivo? ¿Y si no me gusta? ¿Y si, una vez que abra los ojos a esa realidad, me resulta imposible volver a cerrarlos?».

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Tengo que admitir que, en medio de todas estas reflexiones, nunca me imaginé que iba a disfrutar de la India tanto como lo hice.

Cuando me presentabas a tus amigos, yo les decía lo mismo a casi todos: «He venido a averiguar qué tiene la India para que mi hermana haya decidido quedarse». Y sí, lo decía medio en broma, pero también, lo reconozco, con cierta intriga. ¿Por qué quedarse a vivir en un país donde hay tantas dificultades? ¿Por qué meterte de lleno en una cultura tan distinta, llena de cosas que no entendemos, y que quizá no entendamos nunca? «La India es un país de contrastes», recuerdo que decías en una de tus entradas. ¡Y tanto! ¿Acaso es posible llegar a acostumbrarse a un lugar tan heterogéneo?

Parece, sin embargo, que no es necesario acostumbrarse a la India para encontrarla cautivante.

¿Qué te llevas de la India, Abi? Hoy, dos semanas después de volver, sentada frente a mi cuaderno, esa pregunta sigue siendo tan difícil de contestar como cuando me la hiciste en un rickshaw saliendo de la Fundación Vicente Ferrer. Porque sé que no puedo meter en una maleta la alegría de los niños que corrían hacia nosotras en las aldeas de Anantapur, ni la amabilidad de las familias que nos cogieron en sus casas (a veces a horas intempestivas…), ni la amistad que tantas personas me regalaron sin reservas nada más conocerme. Y, aunque pudiera, ¿acaso los que vivimos en las colinas podemos arrancar trozos de tierra y llevárnoslos en los bolsillos como simples souvenirs? ¿Podemos poseer recuerdos y convertirlos en moralejas, discursos sobre la vida o álbumes de fotos? Creo que es difícil. Sobre todo, cuando en un lugar donde solo esperabas verte abrumada por la necesidad de otros has acabado aprendiendo sobre tu propia necesidad.

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Estoy desvariando, lo sé. Es mi especialidad. Pero lo que estoy intentando decir es que, si bien podría nombrar muchas cosas que «me llevo» de la India, creo que sería más acertado decir que la India se ha quedado con una parte de mí. Ya no podré volver a pensar en ella como «ese país del que sé muy poco y del que tampoco me interesa descubrir mucho más». Ahora es un lugar donde he dejado amigo, historias, huellas de caminos recorridos, imágenes de conmovedora belleza… y, al menos por el momento, familia. Y creo que también conozco la respuesta a mi pregunta de por qué has elegido quedarte allí: seguramente te ha sucedido algo similar.

No sé qué significará esto para nuestras vidas en el futuro, o si hay algún límite para el número de países donde podemos dejar trozos de nosotras mismas antes de volvernos locas (bueno, más). Pero sé que estoy feliz, agradecida y cambiada por esta experiencia, y que a partir de ahora leeré tu blog con una mirada muy diferente, sabiendo que he formado parte de esta aventura e incluso he tenido el honor de escribir uno de sus capítulos. Y, si Dios quiere, espero que no sea el único.

¡Namasté!

Abi

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Papi dice:

    Qué bonito, Abi. ❤

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  2. estefyeddy dice:

    Abi la manera en la que describes India y lo que pasa en tu corazón cuándo vas, me ha encantado. Eres una escritora estupenda 🙂

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