¿Dónde están los buenos…?

Cuando era niña todo parecía muy obvio en las historias y en las pelis de dibujos animados: había buenos y malos. 

Y estaban claramente diferenciados.  

Los malos eran terriblemente malos. Y además, eran feos. Eran  feos, grotescos, maleducados, fríos, maléficos, sucios… y poderosos. Casi siempre tenían una fuente de poder letal, un arma, una pócima, un ejército de seguidores igual de feos y malvados… Los buenos, por el contrario.. Los buenos representaban absolutamente todas las buenas virtudes: valentía, integridad, bondad, belleza, sensibilidad, amistad …¡y hasta cantaban bien! Era muy fácil, entonces, diferenciar a los buenos y a los malos, y todos sabíamos en qué equipo queríamos estar y contra quién era nuestra batalla: había que amar y cuidar a los buenos, y evitar el contacto, o incluso dada la oportunidad, destruir, a los malos…

Pero nos hicimos mayores, y lo hicimos dentro de una armadura que nos quedaba grande. En algún momento nos dimos cuenta de la terrible incertidumbre: la vida era una batalla mucho más sangrienta y despiadada de lo que podían haber llegado nunca a enseñarnos las pelis de Disney. Y lo peor de esta batalla era que, en algún momento, todos nos habíamos encontrado a nosotros mismos zarandeando nuestra espada al viento unos contra otros sin saber exactamente contra quién o por qué luchábamos. ¿¿Quiénes son los buenos?? ¿Dónde están aquellos héroes, valientes, íntegros, bondadosos, humildes…? ¿Dónde está mi equipo? ¿Y los malos? ¿Quiénes son los malos? ¿Serán esos, los sucios, los tatuados, los drogados…? ¿O serán los pulcros, los trajeados, los ricos?, ¿Serán los políticos, los intelectuales? ¿Serán los religiosos, los santos? ¿Serán los musulmanes, los cristianos? ¿Será este país, será esta ideología..? Y seguimos, una y otra vez, blandiendo nuestra espada al viento. ¿En qué bando estoy, contra quién lucho…? Todo se ha tornado verdaderamente gris e incierto. La bella no era tan bella como parecía, y la bestia un día nos llamó a cenar a su mesa… La luz que un día nos iluminó se tornó en algún momento cegadora, y la oscuridad  que un día nos dio frío se convirtió en el único lugar donde encontrar descanso y reposo. Los que parecían buenos escondían a menudo dardos venenosos detrás de sus caretas de buenas intenciones… y en alguna que otra ocasión nos defendió el escudo de un rostro deforme y feo, un villano que parecía más triste y vulnerable que malvado, una risa maléfica que sonaba más como una especie de lamento ahogado…


 

De pronto me encuentro a mi misma en medio de esta batalla, parada en seco y temblando, todavía alzando mi espada en alto. De reojo me encuentro con mi propio rostro reflejado en el escudo de otro humano que ha caído a mi lado. Me veo a mi misma ahí, de pie, aferrándome a una espada ensangrentada, con ojos asustados  y con el sudor cayéndome por la frente. Me veo a mi misma, y me doy cuenta de que ya no soy una niña, y de que ya no sé las cosas. De que ya no sé por qué peleo, o si la causa era tan noble como me habían contado. Ahora soy mayor, entiendo menos cosas y tengo más miedos, soy más vulnerable y han minando mi imaginación, mi intuición y mi confianza natural… Me doy cuenta de que en algún momento cedí mi inocencia a cambio de esa espada…

Esa espada. Esa maldita espada…

Tiro mi espada y me agacho para observar mi reflejo con mayor atención. ¿No será este, en realidad, el verdadero enemigo? ¿No seré yo, y la oscuridad que hay en mi? ¿No me habré sometido a mi propia tiranía en innumerables ocasiones, rindiéndome ante mis sombras más perversas y muriendo tantas veces…? Quizás no sea tan complicado al fin y al cabo. Los ejércitos del bien y del mal han estado siempre ahí, claramente diferenciados, luchando unos contra otros dentro de mi propia inmensidad, destruyéndome poco a poco en el intento de hacerme sobrevivir… Quizás la espada que me ha atravesado tantas veces no era más que la mía, partiéndome el corazón en pedazos, dividiéndome en más, y más ejércitos, en más y más batallas…

Quizá sea hora de la paz. Hora de hacerla, en lugar de reclamarla. Quizá sea hora de darme a mi misma una tregua, de poner paz en mi propio mundo, en mi propio universo. Quizá sea tiempo ya de bajar el escudo del miedo y de la cobardía, de romper las flechas del remordimiento y la culpa, de quitarme el casco del orgullo y la altivez… Quizá no se hacen las paces con el mundo si no se han hecho primero con uno mismo. Quizás no baste con querer la paz, quizá haya que hacerla, crearla… para luego escuchar su voz y seguir su rumbo.

Quizá no me lleve a ninguna parte, quizá perezca en el intento.

Pero quién sabe, quizás  sea un día mi escudo caído el que le muestre, a algún otro guerrero, su propio rostro…

 

kidswar

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. M dice:

    👏👏👏👏

    💜

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  2. Jorge dice:

    Algún día llamarían a lo bueno malo y a lo malo bueno.

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