Goa: La playa de Palolem y la dramática infancia del dios Ganesh

“Y el tiempo flota, y se mantiene inmóvil, como la espuma sobre una ola interminable.

Y la vida debería ser como esa ola: tranquila, inamovible, y violenta..”

Anónimo

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¡Por fin, un finde largo!

Estos días los hindúes celebran a Ganesh Chaturthi, el dios elefante. Si vives en España igual te sonará este personaje dada su reciente popularidad, ya que se trata nada más y nada menos que de ese elefante rosa que hace poco se coló en una parroquia en un acto de convivencia religiosa, para colmo e indignación de algún que otro párroco (ver noticia). Ay, Ganesh, ¡cómo las lías! Si es que no se te puede dejar suelto por España… El pobre está acostumbrado a que por aquí se pasea tranquilamente de la mano de la Virgen de África, de la de Guadalupe, del mismísimo Jesucristo… ¡y aquí nadie le dice nada, y todos tan contentos! Este señor vicario que renunció a su puesto en la parroquia se rasgaría las vestiduras y se empolvaría la cabeza con cenizas si alguna vez le diera por pasearse por mi barrio.. Desde luego que encontraría sincretismo y herejías a casco porro. Lo bueno es que en la mayoría de las procesiones que se pasean por mi barrio, sea del dios que sea, suelen dejar caer alguna que otra golosina para los simpatizantes (o seguidores potenciales). Igual eso es lo que les faltaba en Ceuta…

En fin, porras, que esta entrada no iba a ser sobre religión, ni sobre Ganesh. Aunque ahora que le hemos traído a escena, me apetece contarte que, según la mitología hindú, Ganesh era el hijo de Parvati, una de las mujeres del dios Shiva, y que en su origen tenía cabeza humana hasta que un día a su madre le dio por ir a darse un baño y pedirle a su niño que vigilara la puerta de casa para que no entrase nadie. Resulta que tuvo la mala suerte de que en aquel preciso momento se apareció por ahí el señor Shiva, y que el niño, no reconociendo a su propio padre, no le dejó pasar. Y claro, el dios Shiva, falto de una mínima formación pedagógica en la resolución de conflictos familiares, pues sin más dilación allí que le cortó de cuajo la cabeza a su propio hijo. Y claro, imaginaos el disgusto de la pobre Parvati cuando salió del baño. El caso es que el señor Shiva decidió intentar enmendarse con su señora esposa pillando la cabeza de lo primero que se encontrase por el camino para ponérsela a su descabezado hijo, y bueno, parece que lo primero que se encontró fue un elefante, y he ahí la historia de por qué el pobre Ganesh tiene cabeza de elefante. Y lo peor es que dicen que los elefantes tienen mucha memoria, así que imagínate cuán vívido debe de ser el recuerdo de este dios de aquel primer día de colegio después del pequeño altercado familiar…

En serio, la mitología hindú es mejor que Juego de Tronos. Pero bueno, si algo tengo que agradecerle al señor Ganesh son los dos días de vacaciones que me han dado en el cole en su honor, durante los cuales he podido visitar uno de esos destinos must de turismo en India: el paraíso de Goa.

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La verdad es que, precisamente porque Goa es uno de los lugares de India más visitados por turistas, reconozco que fui con una pizca de escepticismo viajero. Casi todo lo que escuchaba sobre Goa (aunque siempre en un tono positivo) me sonaba un poco a lo mismo: playa, fiesta, turistas y más turistas. Y más fiesta. Y más turistas. Sin embargo, también había oído que el sur era mucho más relajado y tranquilo, así que cuando planeé el viaje, tras hacer un poco de investigación y gracias a la recomendación de mi amiga Iris, decidí dejarme caer en la playa de Palolem. Y fue la mejor elección de destino que he tomado hasta el momento.

Ahora, a pesar de que normalmente suelo viajar a lo barato (tirando noches en autobuses con trayectos de nueve horas o más para amanecer al día siguiente en mi destino), esta vez decidí tirar la casa por la ventana y regalarme unas mini-vacaciones en toda regla, viajando en avión y todo, lo que me hizo aparecer en Goa en menos de dos horas. Lo que no había calculado (y por alguna razón no me dio por planear hasta el último minuto), fue el viaje desde el aeropuerto a Palolem, que suponía casi una hora y media de viaje más. Como llegué a las once de la noche no tuve otra opción que la de pedir uno de esos “taxis” de aeropuerto, y digo taxi entre comillas porque aquella mini-furgoneta de cinco asientos se sentía más como viajar en una lata de conservas que en un coche. En medio del viaje, para colmar el cansancio que arrastraba aquel día, me topé con aquello que se pegaría a mi durante los siguientes cuatro días de forma permanente y sin darme un segundo de tregua: el monzón. El monzonaco, más bien. Ahí empezó la aventura de encontrar, en medio de la oscuridad de la noche y bajo la tormenta torrencial, el hostal que había elegido para los próximos días, una preciosa cabaña de madera en medio de la selva costera (que resultó ser tan bonita como difícil de encontrar, la muy puñetera).

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Pero valió la pena. Al día siguiente me desperté en Bhakti Kutir, y me sentía como debió de haberse sentido Úrsula cuando se despertó en aquella casa-árbol en la película de “George de la Jungla”. Era demasiado bonito. La lluvia, a pesar de haberme privado del bronceado que planeaba para aquellos días, empapó mi experiencia de una magia exótica. En parte gracias a ella, y en parte porque, aunque festivo, todavía era temporada baja, las playas de arena blanca sobre las que caminaron mis pies durante esos días estaban prácticamente desiertas. ¿Alguna vez te has imaginado como sería estar solo, en una playa paradisíaca, vacía, toda para ti? Esa fue mi experiencia. Eso, y comer marisco, y tomar cerveza a la orilla del mar, y respirar paz por todos los poros de mi cuerpo, y convencerme temporalmente de que mi vida y mi mundo eran aquello y que todo lo demás era ajeno, era lejano… y que nada importaba demasiado.

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Palolem Beach
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Colomb Beach
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Butterfly Beach

 

Encontrar la última de estas playas, la Playa de la Mariposa, fue todo un peregrinaje, una aventura. La descubrí en el mapa, no muy lejos de Palolem, gracias a la recomendación de una compi del cole (que por cierto acaba de empezar también un blog de viajes, por si te apetece pasarte, pero te aviso que está en ingléhttps://theexploretriangle.wordpress.com/). El caso es que yo no lo sabía, pero el acceso más directo a esa playa era en barco, y a mi como me conocen como la chica del sentido de la orientación superdesarrollado (nótese la ironía), pues allí que me fui en… moto. Sip. Muy mala idea.Screen Shot 2017-08-31 at 20.30.53

En este mapa te muestro el trayecto, para que veas que, el lugar en el que termina la línea azul, es donde tuve que dejar tirada la moto (y el gps), ya que solo pude adentrarme en la jungla con ella hasta cierto punto… El resto del camino, esa línea discontinua de puntos grises que ves, fue una hora de arrastrarme entre juncos, escalando rocas y cruzando ríos bajo la lluvia monzónica en mi (muy inapropiada) elección de indumentaria para aquel día: chanclas y un vestidito playero. Gracias a Dios que durante esa hora de caminata no me encontré con más alma humana que la de un pescador en algún momento durante mi trayecto a lo largo del río, que se me quedó mirando ojiplático… Y no me extraña, lo cierto es que debía haber sido una imagen bastante cómica..

Bueno, y eso es todo lo que voy a contarte hoy. Y es que creo que Goa, en cuatro días, es “mucho Goa”, y seguramente se merezca alguna otra visita en el futuro. Quizás al norte, quizás en otra temporada que no esté lloviendo non-stop… Quizás en otra experiencia, aunque me cuesta imaginarme que algún día vuelva a vivir momentos la mitad de bellos de los que he vivido estos cuatro días en las orillas de Palolem

Namasté, ¡y que la Providencia te acompañe…!

 

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